12 de febrero de 2012

Regresiones al instituto y a las clases de pintura | Libro: Sueños

Sueños raros que mezclan gentes, lugares, situaciones, en un encadenado bastante caprichoso aparentemente. Hay una fiesta que se va a dar a cargo de Pato en el instituto, muchos años después del instituto, durante varios días consecutivos, pero si bien ya somos adultos, las fiestas serán plenamente infantiles, empezarán a las 6 de la tarde y no se prolongarán más allá de las 10 de la noche, por supuesto no habrá ni alcohol. En principio, por rebeldía ante tamaño panorama juvenil y con pocos alicientes, tengo la intención de escaquearme y no ir, aunque he afirmado la noche anterior ante la camarilla de Pato que sí, que iré. Pero terminaré yendo los dos primeros días. Multitud extraordinaria de gente, miles, contacto con un grupo neocatólico, allegado al corpúsculo de Pato, tipo catequesis, paseo con buena planta entre adolescentes hipersexuadas, que me devoran con la mirada ante mi manifiesta impasividad (o eso creo), que poco me interesan unas yogurinas, la verdad. Y me las piro. Creo que cojo un taxi nocturno. De repente viaja conmigo Carlos (Sir Charles). Y ya estamos tomándonos algo por ahí, sobre una mesa, en un bar incierto y me confiesa cómo se han viciado en el trabajo. Creo que también me ha invitado a una puta, pero esto es sumamente pasajero. Y paso a estar en una clase de pintura, donde mi amigo Toni Márquez (que no es pintor, pero en el sueño sí) nos enseña su última evolución pictórica, la definitiva. Cuadros llenos de color, con algunos autorretratos del mismo Toni inmerso en naturalezas muy curiosas. Le explico a la profesora de pintura en qué ha consistido este abundante giro en la trayectoria pictórica de Toni, tras ver un cuadro tras otro, todos diseminados entre caballetes y otros cuadros de otros alumnos. Se trata de un "infantilismo" o "animismo" maduro, explico.
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4 de febrero de 2012

Era Laura

Me quedé un rato contemplando las rosas negras. Parecían pájaros negros agazapados en la sombra. Estaba oscureciendo. Lo estaba viendo todo desde mi ventana.

Algo más tarde preparé un baño.

Mientras el agua corría, con su mágico y cálido borboteo, me miré al espejo y comencé a afeitarme. Recuerdo que me hice un corte profundo en la mejilla izquierda, y que en vez de enfadarme, como solía ocurrirme cada vez que me cortaba al afeitarme, esbocé una sonrisa. Con esa tranquila sonrisa yo mismo disculpaba mi torpeza.

El baño me sentó estupendamente. Dejé de sentirme cansado. Me vestí con calma. No sabía si ponerme corbata. No, resultaría excesivo. Aún me quedaba algo de tiempo antes de salir. Me asomé a la ventana del salón. Ya era casi de noche. Apenas podía distinguirse el contorno de las rosas negras... Decidí fumarme un cigarrillo antes de salir. Estaba buscando el encendedor cuando sonó el teléfono.

Era Laura. Se disculpó. Su padre había enfermado de repente. No podría venir conmigo a la Ópera esta noche. Dijo que me llamaría y colgó.

Me quedé un rato sin saber qué hacer, con el teléfono en la mano. Me quité la chaqueta. Encendí un cigarrillo y me tumbé en el sofá.

El humo envolvía mis pensamientos. Me daba la sensación de que podía tocar el techo con sólo alargar un brazo. Una grieta, casi invisible, crecía en una de las esquinas del techo.

Apagué el cigarrillo. Algo me molestaba en el bolsillo del pantalón, lo extraje con cuidado. Eran las dos entradas para la Ópera de esta noche. Las puse sobre una mesa y me quedé mirando un buen rato su color rosado.

Volvía a sentirme cansado. Me cambié de ropa. Me puse algo más cómodo. Cogí un libro de la estantería, no recuerdo cual. Pero no podía leer. Estaba cansado. Dejé el libro al lado de las dos entradas rosadas, sobre la mesa. Puse algo de música, creo que un aria de Verdi. Me asomé a la ventana. No se veía nada. Estaba muy oscuro. Me hubiera gustado que al menos un rayo de luz, aunque fuese pequeño, cayese en estos momentos sobre las rosas negras del jardín.
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Mi madre deja a mi padre | Libro: Sueños

Mi madre deja a mi padre por un tipo mucho mayor. Algo bajito y canoso. Mi hermana y yo nos enteramos porque nos lo cuenta ella directamente, que se va, que se va con otro hombre. En el sueño mi hermana y yo somos jovencitos y vivimos aún en la primera casa, en Alcorcón (la acción comienza pues como hace 20 años). Nos enfadamos con mi madre, no entendemos por qué tiene que desaparecer. No tengo nada en contra de que se líe con otro, pero que tenga que abandonarnos, no me gusta nada de nada, alimenta mi rencor, especulo acerca del por qué de su forzada marcha. Luego pasa una noche larga y movida en que no sé qué pasa y termino viéndome en un coche, descapotable para más señas, creo que negro. Voy en el asiento de atrás, mi madre y el nuevo maromo van adelante. Circulamos por un Madrid atestado de vehículos, ya de día. Quiero volver a casa y no entiendo, estando tan cerca, por qué para llevarme van a dar un inmenso rodeo por las calles de Madrid. Pregunto si estamos en Cea Bermúdez. Pues sí. A momentos me parece que veo cercano el edificio de nuestra casa, a momentos demasiado lejano como para irme andando, y sin embargo no nos movemos del coche, inmersos en un atasco. Finalmente pateo las calles hacia el hogar, y esta vez el hogar, siendo el mismo (cosa muy frecuente en mis sueños) cambia espacialmente y ahora, el hogar dulce hogar está por los alrededores de La Ronda de Toledo (la primera casa de mi independencia). Cuando llego, matinalmente, madrugadoramente, trasnochando, luz incierta matinal, mi hermana me informa de que mi padre está en el hospital y que el tío Paco está con él. Comprendo inmediatamente, que mi padre no saldrá de ésta, después de el disgusto que le ha dado mi madre (y con lo enfermo que ya estaba, de repente, de una larga enfermedad). Además el hospital está lejísimos, en las afueras de Madrid, sé que no habrá manera de ir. Y empiezo a llorar, abundantemente y resignado, llorando porque mi padre se muere y porque no podré ir a verle mientras muere. No puedo dejar de hacer culpable a mi madre.
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