8 de diciembre de 2011

Mermodindat (2)

El tiempo pasa, se escurre como multitudes de lombrices que se arrastran ciegas en miles de posibles, aleatorias, direcciones: eso es la casualidad. O el tiempo pasa, se escurre como una enorme y gorda sola lombriz, que se arrastra en una única, insoslayable, inevitable dirección: eso es el destino. Pero prefiero decir / pensar / sentir que el tiempo es un colador por el que se filtran los instantes, los líquidos, los recuerdos, los suspiros, las pasiones y sobre el cedazo sólo quedan las cosas duras, opacas, pesadas: las piedras (del riñón), los sólidos indigeribles, los huesos, las tiesas / muertas / yertas esperanzas, que son las piedras del alma (del riñón).

El tiempo siempre el tiempo, como queriéndolo atrapar, fijar su sexo de mariposa en un corcho crucificado en la pared de la habitación perpetua. Y dejar de pensar o ponerse chaquetas. O tirar la basura o hacer planes que planean sin aterrizar nunca. Una bata, una máscara de gas, unos guantes blancos, un cojín perdiendo la costura. Objetos y más objetos, objetos cecijuntos de la existencia.

Mirando la pila de libros que roza la rugosidad del techo, torre de babel/papel, deshilando el tiempo, reduciendo a espejismo la vista el contorno de los objetos, amasijo de un todo molecular, quieto, pernoctado, habitado por la inminencia del polvo, barbarie temporal que llena de ceniza todo para darse visos de atemporalidad no hollada por la respiración humana. Y cuelgan las telarañas, asombros geométricos de las esquinas, como dianas donde acertar con el dardo de un insecto, semi transparentes encajes de novia lúgubre para servir de tálamo mortal al virginal coleóptero.

Ayer mismo comí y mastiqué tu polvo, hijadeputa. Entre los objetos, los libros apilados, la maloliente lata de sardinas vaciada de sus soldaditos azules. ¿Y te crees que acaso me importa que me vayas enterrando en humus, bajo la caspa del olvido, en la penumbra que gorgotean las persianas mudas? ¡Ja!

Pero desvarío. Quijote criminal. Ensartado en una página cualquiera de las miles que construyen estas irreductibles almenas, ensartado por el clavo de la imaginación del tirano que habita aquí (imagínate que me toco la sien). Y es ahí, entre letras, donde me he convertido en corteza dura, la que se quedó en el cedazo, en el coladero del tiempo, en la sinrazón de un crepúsculo agotado. Y vuelta a empezar y repaso y recubro y encuentro y vuelvo a saber que no, que no he encontrado nada útil que sirva a la salida del laberinto aquí (imagínate que me toco la otra sien).

Un día entré aquí, por una apuesta, hace mucho, muchísimo tiempo (¿realmente fue así?, ¿una apuesta?, ¿imagino, invento, constato, recuerdo?) y no he vuelto a salir. No pude. No encontré el camino de vuelta o seguramente ni quise buscarlo, pero me tragó el ciclón de las páginas impresas enladrilladas en los tomos, pero me caí despacio por un tobogán que se hundía en la zanja de los párrafos, pero fui absorbido o abducido en un renglón, como un espaghetti aspirado boca adentro, pero me obligó el orgullo a meter obstinadamente la cabeza dentro del pozo cuando aún era posible levantar la tapa. Cómo fue, ya no importa. La mejor manera de explorar la locura, es vivirla.

Decía un ruiseñor.
Mientras no sabía que estaba siendo aplastado por el acordeón de jean jacques rousseau.
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