30 de agosto de 2011

Penetraciones (1): Prólogo culinario

Ahora mismo, recién levantado, tengo en funcionamiento la mitad de mi cerebro. Y la mitad de esa mitad activa, está ocupada en rastrear y reconocer los pequeños roedores que me muerden el estómago... Tengo hambre y ahora mismo podría comerme un caballo sin echarle sal. Empezaría por las sabrosas ancas y dejaría las crines para utilizarlas como servilleta.

Me toco la barriga como si calmara a una fiera sanguinaria. Mi gran dilema es que no sé qué comer. La parte del cerebro que se encarga de elegir comida, está durmiente, duerme como una serpiente enroscada que está hibernando.

De momento comeré letras.

La A es siempre muy jugosa, es el primer aperitivo. Me trago una A con deleite. Pero no sé con qué letra seguir... La F no me agrada. Me recuerda a palabras poco digeribles como alfalfa, cefalalgia, farfullar o solfeo. La T tampoco conviene a mi estómago: es totémica como un poste de telégrafos.

¿Qué me dices de la S?:
las precisas curvas del asfalto,
las sinuosidades de las mujeres o las sierpes,
el silbido de una lengua bífida...

Me temo que la S va a ser demasiado escurridiza como primer plato. La H es lo mismo que tragar aire... Quizá debería comer “eles”, las “eles” parecen ser tonificantes y suaves, largas y elásticas, sin mucho esfuerzo de dientes. ¿Cómo los espaghettis?, ¡Sí, eso es!, pero sin salsa espesa de tomate, ni grasas magras. ¡Quiero unos espaghettis como eles! Suaves, longitudinales, fibrosos, proteicos.

Sopesando la cuestión de qué echarme al buche, decido enérgicamente deglutir una ingente sopa de letras. Una ilimitada cadena de letras que conformen palabras, que devengan en oraciones, que se compenetren en párrafos y de las palabras salgan, como tapones descorchados de champán, riadas de epítetos, puntos y comas, sentencias, metonimias, aliteraciones, materias candentes como el magma de un volcán. Meto mis dedos en el arcaico puchero de los brujos encapuchados y saco especias, aromas, dientes de lagarto, ajos ensartados como una pulsera de amatistas. Letra a letra construyo hora a hora una catedral piedra a piedra que muchos llamarían novela, yo no lo llamaría exactamente así.

Ahora agarro un espejo y lo despedazo. Al volver a juntar los trozos, aparezco distorsionado en una suma de parcelas cubistas. Sal, pimienta, orégano, malvavisco y retazos de cielo violeta. ¡Empieza la aventura! ¡Un banquete de órdago! Me subo al helicóptero de mi fantasía y me arrojo al vacío, aferrando con manos locas toda ave, nube, relámpagos, centellas, insectos y verbos que se cruzan en mi vuelo de águila desde las alturas estratosféricas al fondo terroso y empapado del suelo.
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